Los procesos electorales de 2026 en América Latina han dejado de ser simples competencias democráticas para convertirse en auténticos laboratorios sobre la resistencia y la fragilidad de las instituciones. Lo ocurrido en Perú y Colombia no es una coincidencia aislada, sino la repetición de un patrón político que ya ha aparecido en otras democracias cuando los resultados son estrechos y el poder cambia de manos. Es un manual conocido: cuando las urnas no favorecen a un proyecto político, la disputa se traslada de los votos a los tribunales, de las instituciones a las calles y de los hechos a la narrativa.