El proceso electoral en Lima ha sido calificado como un desastre, marcado por la improvisación y la falta de seriedad, a pesar de ser anticipada como la elección más compleja de la historia. La permanencia de Piero Corvetto al frente de la ONPE es considerada insostenible debido a la ineptitud que ha dañado la confianza democrática y la reputación de la institución, generando la mayor crisis de credibilidad electoral desde los tiempos de José Portillo. Se han denunciado múltiples fiascos, incluyendo la privación del voto a más de 52.000 ciudadanos, calificado como "error puntual" por Corvetto, y la difusión de información inexacta sobre la custodia de cédulas electorales. Los retrasos en la instalación de mesas, atribuidos inicialmente a la empresa contratista Galaga, fueron en realidad culpa de la propia ONPE, evidenciado por camiones vacíos esperando carga horas antes de la votación, y la promesa de resultados rápidos mediante mejoras tecnológicas no se cumplió, dejando al país en incertidumbre una semana después.