El artículo aborda el dilema de pacientes que permanecen años en terapia, como Amanda Gómez (24) con siete años de sesiones, Catalina Muga (26) con once años y Francisco Briceño (32) con cinco. Aunque reconocen que la terapia fue fundamental al inicio, hoy sienten estancamiento y les cuesta imaginar su vida sin ese espacio. Amanda confiesa que ha generado dependencia y que ni ella ni su psicóloga han hablado de un alta, mientras Catalina siente culpa por tener que cambiar de terapeuta al mudarse a Países Bajos.